Tu voz espanta mi alma de niña
y hace temblar mi cuerpo de mujer
me cimbrea el recóndito reflejo
de la rosa que florece en el vergel.
En el dulce comienzo de la aurora
y al caer el alba en mi regazo
donde la oscuridad me hiere
y se asoma la luz en el ocaso.
Curame tu, con el beso mañanero
que la octava maravilla son tus labios
delatando el sabor de mi saliva
sigo presa en el rosario de tus besos.
Besa tú mi mejilla de doctrina
y mis labios en castigo a mi deseo
que tus ansias me declaren como rezos
en la dulce remembranza y osadía...
